domingo 19 de julio de 2009

Viuda negra

«Cómo duele amarte...» dijo, con un hilo de voz.
Entre tanto, ella lo miraba con ojos enrojecidos, pensando en llegar a casa, retirarse los ocho zapatitos nuevos y echarse a dormir...

sábado 11 de julio de 2009

muchas gracias...

Quiero agradecerle por aquel instante tenaz y profundo en que nos olvidamos de la infinitud de la muerte y nos entregamos a aquello que supusimos luminoso, eterno. Quiero recomenzar sin tener que sentirla tan mía a pesar de la ausencia, lejano para siempre de su boca y de su pelo, de ese gesto de vaga incertidumbre de su cuerpo en la intemperie, de aquella desazón creciente de sentirnos tan solos, de todo ese sabor a fiesta y a melancolía de su talle, de sus manos, de la borrasca de su respiración como contenida en el oscuro bosque de su pecho, del calor profuso de su vientre…Quiero agradecerle por aquello que fuimos, por lo que pudimos llegar a ser, ahora que navego entre aguas oscuras y un sol desconocido ilumina mi rostro…

miércoles 8 de julio de 2009

Corazón en Sí Mayor

Así llegó a nuestras vidas. Recuerdo su barba espesa y su cabello largo, tal vez inadecuado para un hombre de su edad. Al principio, creíamos que era algún tío lejano, que regresaba a reencontrarse con mamá. A los dos días, sin embargo, lo fuimos comprendiendo todo, tejiendo los hilos de frases que, subrepticiamente, danzaban entre sus conversaciones.
Su nombre era: Juan Carlos Figueroa. De joven, había sido el músico del pueblo. Un ser educado e introvertido, que solía dirigir con gran talento el coro de la iglesia. Para ese entonces, mamá pertenecía al grupo juvenil Amor y Paz. Allí se conocieron. Mi madre quedó prendada de su caballerosidad, de su inteligencia, de su aspecto de guerrillero desvalido, de su ternura poco común entre la gente de San Rafael, que así se llamaba nuestro pueblo.
A los veintitrés años recién cumplidos se marchó a Caracas a estudiar en el Conservatorio Nacional. Un adiós necesario, sin escenitas románticas, sin promesas. A pesar de que entre aquellos jóvenes provincianos no había una relación formalmente establecida, para nadie era un secreto que algo los unía, más allá de la amistad. Al cabo, algunos se compadecieron de la tristeza de la muchacha y quisieron aprovechar la oportunidad para acercarse a ese corazón, sutilmente golpeado por el destino. Entre esos, Gerardo Bolaño, mi papá.
El joven Figueroa triunfó en la música, como quizá ni él mismo lo hubiera imaginado. Era habitual que su nombre y su imagen figuraran en la prensa de la época. Dando entrevistas, antes o después de viajar al exterior, en representación del país. Aunque en los primeros años de su ascendente carrera profesional visitaba a su familia, sobre todo en diciembre o en Semana Santa, luego no se le volvió a ver por el pueblo. De hecho, al cabo de unos cuantos años, su familia completa se mudó a la capital. Entre tanto, ya había nacido María Esther, mi hermana mayor.

A tres años de la partida de Figueroa, mis padres se casaron. Fue una ceremonia sencilla. A partir de entonces, se dedicaron a construir un hogar, a punta de cariño, comprensión y mucha tolerancia. Al pasar del tiempo, la familia Bolaño-Méndez se embarcó en el velero de la tranquilidad y la vida en común. Aunque papá solía ser un poco agrio con nosotros en cuanto a la demostración de sus sentimientos, igual lo queríamos, así como también estábamos seguros de su amor. Pero hubo un momento en que el velero comenzó a perderse en un mar de contradicciones. Papá comenzó a beber casi todos los fines de semana. Llegaba borracho en la madrugada y nos despertaba a todos, gritando cosas que al principio nos parecían incoherencias, pero que luego fuimos entendiendo. Así comenzó el fin de lo que nunca fue. Por otra parte, estaba su trabajo. Mi padre era chofer de una empresa de transporte pesado. Solía viajar por todo el país. Esa era la razón de sus largas ausencias. Tal vez esta circunstancia aceleró lo inminente; lo que la gente murmuraba a nuestras espaldas: la separación definitiva de mis padres.
Luego la gota que derramó el vaso: papá descubrió los recortes de prensa. Entonces estalló la casa. Mamá pidió perdón, dijo que las cosas no eran como él imaginaba. Pero éste no escuchó razones y se fue para siempre, sin despedirse de nosotros. Ella guardaba la esperanza de que las cosas volvieran a su cause; de que el velero continuara su ruta, mas, para su desgracia, todo llegaba a su fin.
Al cabo de dos meses de la partida de papá, se corrió el rumor de que Juan Carlos Figueroa retornaría al pueblo a vender la casa de sus padres. Ese día, mamá se sentó antes de las cuatro en su mecedora para esperar a papá, como siempre que éste salía de viaje, con un Juan Carlos veinteañero y sonriente, apretujado contra su pecho…
Y entonces alguien, tocó a la puerta…

jueves 21 de mayo de 2009

Retrato de familia


Guillermo y Lucía regresaban del cine. A los lejos se perdían las luces de la ciudad. El twingo 2002, se deslizaba por la carretera vieja a 90 kilómetros por hora. Habían disfrutado la película en silencio. Al momento del desenlace, cuando la trama los había envuelto por completo, y el abrazo final de los protagonistas los enterneció inevitablemente, ella rozó sus manos con dedos infantiles, temblorosos. Él no se inmutó y fingió indiferencia.
Esa tarde, habían decidido recordar los viejos tiempos. Las horas consumidas entre destellos de alcohol y sobresalto. Entonces Esteban, Maribel, Yeniferd, Jorge luis y los otros, componían el corro de amigos que siempre estaban dispuestos a una nueva rumba, a un nuevo escándalo callejero. Las escapadas para la playa los fines de semana. La locura de una juventud que encontraba en la ciudad y sus alrededores, el contexto idóneo para desatar su desenfreno, y vagar, enardecidamente, en pos de una felicidad caduca y pasajera.
—¿Y qué te pareció la película?
—Bien —dijo ella, dándole la espalda; calentando la cena en el horno microondas.
Al rato, se encuentran en el viejo comedor. Él pensando en el final de la película, tal vez un tanto trillado, para una cinta de ocho oscares. Ella, de cuando en cuando, le lanza una mirada profunda y soslayada, como queriendo descifrar lo que palpita más allá de ese rostro aindiado y mustio, como queriendo encontrar las respuestas a tantas preguntas tejidas en noches eternas, con las fibras más delgadas de la duda y el dolor.
—¿Quieres más?
—No, gracias. Está bien así…
—Ah, bueno…
Desde que pasó a ser el encargado de la nota cultural, había vuelto a leer como antes, como cuando soñaba con ser escritor. Entonces, la sombra de García Márquez no lo dejaba en paz. Todo lo que escribía revelaba el sello indiscutible del creador de Macondo. No tuvo otro remedio que dedicarse de lleno a su trabajo como redactor de noticias en un diario local. Los planes de viajar a París, de vivir en París, no pasaron de ser meras ensoñaciones juveniles. Luego vino el matrimonio, las diligencias para lo de la casa, las deudas… ¡Y hasta nunca señor escritor…!
Lucía a veces se sentía culpable. Aunque él jamás se lo reprochara, por lo menos no de manera abierta, ella parecía comprender la razón de sus bruscos cambios de actitud. Pero jamás se atrevía a encarar la situación, dejando que el tiempo hiciera su trabajo. Por otro lado, estaba lo de su esterilidad. Él siempre le decía que tranquila, que no hay problema, sin embargo ella notaba, de cuando en cuando, una mínima veta de rencor en el fondo de sus ojos oscuros.
Luego de la cena, Lucía se sienta a ver televisión. Él, por su parte, se dirige a su despacho, a terminar una novela de Villoro. De pronto, comenzó a llover. Primero de manera leve, luego en ráfagas que abatían sin clemencia los ventanales de la casa.
Al poco rato, ella se asomó al despacho y le dijo que se iba a dormir. Él la despidió con una breve sonrisa, y regresó de inmediato a un pasillo cualquiera, en donde el protagonista se encontraba a Melanie, con una toalla en la cabeza, recién salida del baño...
Era casi medianoche, cuando Guillermo llegó a la habitación. Su mujer estaba acostada, con la luz del velador encendida. Éste se dirigió al cuarto de baño, orinó, se cepillo los dientes cuidadosamente, sin afán. De repente, se concentró en el espejo, y sólo así, en ese momento, enfrentado con su propia imagen, lejos del mundo, pudo darse cuenta de la realidad: «Qué he hecho con mi vida, Dios mío...» se dijo. Mientras allá afuera, en la gran cama matrimonial, Lucía, luego de un llanto ahogado, fingía dormir.


jueves 7 de mayo de 2009

Adrián

Adrián miró por enésima vez la foto de sus padres. Afuera, la lluvia persistía. Apenas arribó al microbús que lo conduciría a la ciudad de San Cristóbal, apagó el celular. Entonces se imagina a la señora Cristina como loca, marcando su número una y otra vez. La ve sentándose con premura, colocando luego la cabeza entre las manos, como si sollozara. Y pensar que hace menos de dos años hacía el mismo recorrido, pero en el Fiat del señor Arturo. En esa ocasión, como cada domingo de fútbol, se dirigían al polideportivo. Ese día, jugaba El Deportivo Táchira contra el Caracas Fútbol Club. Pérez-Greco marcó dos golazos que enloquecieron a las graderías. Fue una tarde estupenda. El señor Arturo estaba feliz, radiante, pero de pronto todo cambio. Entonces el doctor le dio de alta al cabo de dos horas. «Le aconsejo que se interne de ser posible la próxima semana, y se haga un buen chequeo» dijo el doctor, con voz impersonal.

―Niño, su pasaje, por favor…
―tome, señor…

Debido a la lluvia, el tráfico estaba pesado. En consecuencia, el viaje se hacía eterno, tedioso. Adrián volvió a la realidad y una desazón extraña lo invadió por completo. Se percató de que casi no traía dinero consigo. Además no había llamado a nadie. Llevaba en su ropa el olor de Esteban; ese olor a biberón y a aceite Mennen y a sudor infantil, que lo hizo pensar en muchas cosas, que lo sumergió nuevamente en el lago sin fondo de sus recuerdos… Entonces pensó en su padre. En cómo hubiera actuado el señor Arturo, ante la presencia de Esteban, su hermanastro.

Dos semanas después de aquel partido de fútbol, el señor Arturo, atendiendo el consejo del doctor, se hizo un chequeo general: problemas del corazón. Reposo. Tratamiento facultativo severo. Dieta estricta… Pero de nada sirvieron los cuidados amorosos y las caminatas apacibles al final de cada tarde…


La lluvia se ha calmado. Dentro de pocos minutos el microbús número 14 de la línea extra-urbana El Piñal-San Cristóbal, estará llegando al terminal de pasajeros. Adrián siente un poco de frío. Tose. A su lado una señora gorda, morena, lo mira desdeñosamente y parece murmurar algo. Son casi las seis de la tarde. «¿Y ahora qué hago, Dios mío?», se pregunta a sí mismo, mientras aparecen en el horizonte los primeros edificios de la ciudad.

«Todo fue culpa de ella», piensa… « ¿Por qué tuvo que olvidarse de papá? ¿Por qué?». Meses después de la muerte de su padre, Adrián supo lo del señor Ricardo, el nuevo novio de mamá. Aunque ella le explicó todo de una manera franca y cariñosa, él sintió mucha rabia; no se podía resignar a lo que estaba pasando… Su abuela le decía que así era la vida; que su madre aún era joven y hermosa y se merecía otra oportunidad. Pero el chico no accedía a tales planteamientos. Sólo pensaba en el señor Arturo y en la dicha que jamás volvería a tener…Estaba harto de escuchar un vallenato que el conductor había repetido varias veces. Revisó nuevamente el bolso, está seguro de haber metido el MP3, mas no lo encuentra.

―Adrián, cuida bien al niño… Nosotros vamos al mercado… Volvemos pronto…
―Está bien, mamita… Bendición

El niño dormía como un gatito entre las sábanas, pero de pronto comenzó a llorar y a llorar. Adrián no podía ver la televisión con tranquilidad. Se levantó sigilosamente, se aproximó a la cuna de Esteban… Lo tomó entre sus brazos. Se acercó a la ventana. Un cúmulo de nubes invadía lentamente el ámbito del pueblo. Iban a ser las cuatro y media…

Adrián atraviesa el pasillo que lo conduce a la salida del terminal. Camina como por inercia, silencioso, abstraído. A unos 60 kilómetros de allí, y justo en ese momento, la señora Cristina caía en shock, mientras el señor Ricardo zarandeaba el cuerpito de Esteban, tocado por la terrible certidumbre de que en esta vida todo es posible…

sábado 18 de abril de 2009

aquella desazón...

Tal vez no seamos el uno para el otro,
como en aquella fábula.
Tal vez, usted sea la señora que siempre quiso ser.
Ahora
le ahorré las palabras que sus ojos no quieren ahorrar,
que navegan en el océano
sin fin de su mirada
y seguiré la ruta que conozco
buscando aquel corazón que jamás será mío,
aquella desazón que le pertenece…

miércoles 1 de abril de 2009

Guardo una foto borrosa...

Guardo una foto borrosa. Un pétalo de papel viejo. Un collar de piedras araucarias. Un retrato en carboncillo de García Márquez. Un long play de Montaner. Un pañuelo que contiene los vestigios de su llanto. Un gato con Cortázar sobre la mesa de trabajo. Un imán. Un librito de poemas Borgianos. Humedad y sobresalto en la mirada. Temblor. Latidos sobrios y tristes. Recuerdos. Besos. Humaredas. Ensoñación. Una postal de Salamanca. Un poco de ella en los confines...su mirada en el horizonte de la pena. Su adiós de servilleta y raciocinio. Su mano transfigurada y torpe. Ella, la clandestina. Ella, marea y oquedad... Candor y desenfado.