miércoles 16 de septiembre de 2009

Hacia una dialéctica de la tolerancia

Hablar de política es uno de los deberes y derechos prioritarios de cualquier ciudadano del mundo. La política es uno de los elementos que determina nuestras relaciones humanas, desde el inicio de los tiempos. Es buscar el bien común, desde el propio bienestar. La política es a la comunidad, lo que el oxígeno es a la vida.
Sin embargo, en nuestras sociedades posmodernas, lo político se supedita, en muchos casos, a la elección de gobernantes, esperando que éstos logren hacer por la mayoría, lo que la mayoría no es capaz de hacer por sí misma. Esas figuras mesiánicas, populistas, demagógicas, arribistas, abundan por doquier, así como también abundan sus seguidores, quienes en muchos casos, viven con la idea quimérica de construir un futuro más digno, sin siquiera preocuparse por mejorar como personas y como ciudadanos…
Siempre he sostenido que el verdadero camino para la construcción de un mundo mejor, radica en la toma de conciencia de que sólo con la educación y el respeto a la vida (léase: pluralidad de pensamiento, respeto por la diversidad de culturas, razas, credos religiosos, toma de conciencia ecológica…) podremos rehacer o erigir un nuevo sistema de relaciones políticas y sociales, cuyos fundamentos esenciales sean la vida, la paz y la solidaridad; en suma, la confraternidad mundial con todas sus augustas consecuencias. A diario, muchas personas hablan o discuten, desde posiciones políticas radicalmente antagónicas, dejando de lado uno de los principios básicos para la convivencia humana: la tolerancia. La violencia engendra violencia. Antes de emitir una opinión, debemos ponernos en el zapato del otro; comprender que somos diferentes, y que precisamente gracias a esas diferencias, podemos llegar a ser una sociedad verdaderamente plural y democrática.

domingo 6 de septiembre de 2009

El camino de Delibes

Eran aproximadamente las dos de la tarde cuando llegamos a Valladolid, capital de la provincia Castilla y de León, ubicada en el centro de la Península Ibérica. Era una tarde soleada de agosto. Durante el trayecto que nos llevó de Salamanca a esta ciudad, Isidoro y yo, estuvimos rememorando las lecturas de Miguel Delibes, uno de los escritores españoles más importantes de las últimas décadas, admiración que hemos compartido por más de diez años.
En este sentido, era inevitable que habláramos de El Camino, la segunda obra de Delibes, publicada en 1950. En ésta, se narran las peripecias de unos preadolescentes que son testigos inermes de la transformación de su mundo rural. Esta progresiva pérdida se equipara al desvanecimiento ineluctable de la infancia, al hecho de tener que afrontar situaciones inesperadas, que de una manera profunda, cambiarán la vida del pueblo.
Delibes siempre ha sido considerado un escritor de raza, para quien la recreación literaria, es la recreación misma del ser humano, frente a los avatares que la vida le presenta como parte de su infinita evolución. Tal es el caso del protagonista de El Camino, Daniel, el mochuelo, a quien la realidad le impone una circunstancia ineludible: debe marchar a la ciudad a proseguir estudios de bachillerato. Este hecho implica para el púber de 11 años, abandonar el mundo provincial en el que ha despertado a la vida. Recodo de existencia en cuyos paisajes ha fraguado, junto a sus amigos, sus primeras aventuras, sus primeras alegrías y tristezas.
«En su viejo camastro de hierro», Daniel evoca sucesos, lugares y personas, que de una manera u otra, lo han acompañado hasta ese «día final» en que debe dejarlo todo para irse a la ciudad, a fin de estudiar y convertirse en un hombre de progreso, tal es el deseo de su padre. En este sentido, Delibes utiliza de manera acertada el recurso del flash back, yuxtaponiendo acciones del ayer con las de un presente en movimiento, que en la realidad literaria se materializa, desde la visión del protagonista, en la noche anterior a su partida del pueblo.
Con un lenguaje sobrio, entre culto y coloquial, según lo exija el discurso narrativo, el escritor nos presenta, en tercera persona, los acontecimientos que giran en torno a la vida de Daniel, el Mochuelo. Pequeñas historias, anécdotas, recuerdos, mitos callejeros que contextualizan la infancia y la primera adolescencia del protagonista, dotándolo de un carácter profundamente humano y universal. Todo sucede en un pequeño pueblo de Castilla, pero bien pudiera suceder en cualquier parte del mundo. Ese transitar violento de la infancia a la adolescencia, la incertidumbre ante la muerte, el descubrimiento de tabúes sexuales, la complicidad a toda costa, la traición, el miedo, el amor, constituyen los pilares esenciales de esta magnífica historia…
Son las 16 horas. Un sol sólido e intolerante se derrama sobre la ciudad. Cruzamos el viejo puente, las aguas del río Duero se deslizan serenamente, mientras algunos ciudadanos franceses fotografían en silencio el esplendor sutil que transita por las avenidas, calles y veredas de la majestuosa urbe. Uno de mis sueños era conocer la casa museo de Delibes, pero estaba cerrada. Al parecer estaban ampliando una de sus salas o algo así. Volvimos entonces sobre nuestros pasos, nos dirigimos a la plaza mayor, una plaza amarilla, quizá menos espectacular que la de Salamanca o Madrid. Entramos a un bar y nos bebimos varias cañas con sus respectivas “tapas” constituidas por pan, pulpo y una especie de vinagreta. Seguimos conversando acerca de la obra de Delibes. De que en 1999 recibió el Premio Nacional de Narrativa de España por su novela El hereje. Entre otras obras importantes de Miguel Delibes, encontramos: La sombra del ciprés es alargada (ganadora del premio Nadal de 1947), Los santos inocentes, Cinco horas con Mario, Señora de rojo sobre fondo gris, La hoja Roja, Diario de un cazador y Mi idolatrado hijo Sisí.
Ha pasado un año desde aquel inolvidable viaje. Estoy leyendo el Hereje y pienso volver a leer El Camino, a fin de reencontrarme con una historia que aunque es la de Daniel, bien pudiera haber sido la mía, con ese hálito de nostalgia y ensoñación que siempre logra enternecerme.

martes 18 de agosto de 2009

La viuda negra y sus procesos naturales

La muerte duele, y mucho, había escuchado repetir desde niña. También había escuchado que era peor para ellos. Que para las viudas negras la muerte era un proceso mucho más lento, condicionado por la vejez, aunque en algunos casos debido a ciertos accidentes, ésta solía aparecer de manera brusca y terrible, tal y como sucedió con la comadre Gertrudis, que fue arrollada por un carro como a las tres de la madrugada. Al otro día, sus despojos constituían un cromo amorfo, oscuro y sanguinolento, adherido torpemente a la raya de la carretera.
Hacía dos semanas que había cumplido los tres años. Los achaques de la edad la habían llevado de modo progresivo a un estado deplorable. A estas alturas, no vivía; sobrevivía. Ya sus patas habían perdido flexibilidad, su veneno era ahora un líquido pobre en toxinas, ya no miraba como antes; en fin, la vieja viuda era un cadáver en vida. De pronto recordó a sus maridos, a esos amores destinados a una muerte ilógica luego de hacer el amor frenéticamente en un ovillo de patas, líquidos, temblores y ruidos ahogados. No pudo evitar un profundo sollozo. Luego se acercó con sigilo al espejo y entonces se dio cuenta de toda la verdad: que ya no era el reflejo que se dibujaba frente a ella, que no eran sus redondeces ni sus formas audaces, que su culo estaba fláccido y triste, que el esplendor de su mirada había quedado atrás, y que sólo la muerte vibraba tras aquella sustancia, tras aquella sombra miope y sin fuerzas, que no había remedio, que su hora se acercaba, como los veranos o las lluvias del sur.

jueves 30 de julio de 2009

La viuda negra y sus artes amatorias

José Luis, un solterón de la avenida Los cipreses, estaba locamente enamorado de Argelia (como se imaginarán, era la viuda más buenota del barrio: la de las patas más largas y armoniosas; la del culo más jugoso y coqueto…). Sin embargo, ese amor, esa pasión desbordada, no era correspondida. De hecho, no era más que una ilusión, tejida azarosamente, en la cabecita de nuestro infeliz arácnido.
Una mañana, en medio de las sobras de la noche, la adorada se desplazaba con sigilo detrás de Rafael, una joven araña que aún no había cambiado de vestido, y a quien la voraz culona tenía en la mira desde hacía tiempo. El viejo José Luis, por su parte, trepaba por una calle solitaria, con los ojos encharcados de tristeza…

jueves 23 de julio de 2009

La viuda negra y sus lecciones de vida

―Las arañas son malas… muy malas… ―explicaba miss Taylor, con voz grave y temblorosa.
Por su parte, los alumnos se miraban uno a otro con los minúsculos ojos encharcados de espanto. Entonces se imaginaban las patas de la maestra rodeando sus cuellitos, estrangulándolos, perforando sus cuerpecillos de arácnidos adolescentes…

domingo 19 de julio de 2009

Viuda negra

«Cómo duele amarte...» dijo, con un hilo de voz.
Entre tanto, ella lo miraba con ojos enrojecidos, pensando en llegar a casa, retirarse los ocho zapatitos nuevos y echarse a dormir...

sábado 11 de julio de 2009

muchas gracias...

Quiero agradecerle por aquel instante tenaz y profundo en que nos olvidamos de la infinitud de la muerte y nos entregamos a aquello que supusimos luminoso, eterno. Quiero recomenzar sin tener que sentirla tan mía a pesar de la ausencia, lejano para siempre de su boca y de su pelo, de ese gesto de vaga incertidumbre de su cuerpo en la intemperie, de aquella desazón creciente de sentirnos tan solos, de todo ese sabor a fiesta y a melancolía de su talle, de sus manos, de la borrasca de su respiración como contenida en el oscuro bosque de su pecho, del calor profuso de su vientre…Quiero agradecerle por aquello que fuimos, por lo que pudimos llegar a ser, ahora que navego entre aguas oscuras y un sol desconocido ilumina mi rostro…